Carta a mi madre 20/11/2022
Querida mamá,
Nos pudimos despedir antes de tu muerte. Me miraste, me reconociste y creo que dijiste mi nombre. Yo te sonreí y te acaricié la mejilla, consciente de que te ibas. Respirabas mal, a bocanadas, por debajo de la mascarilla de oxígeno. Te fuiste apagando, respirando cada vez más lentamente, hasta que dejaste de respirar, como si fuera algo natural. Te habías ido. Aquella mañana esperaba encontrarte en el hospital, mal pero bien, recuperándote de las caídas, y darte de comer y hablar un poco contigo, quizá de Alcalá y las visitas que habías tenido, quizá poniéndote un poco de música…
Pero solo pude acompañarte en tu partida. Eso ya es mucho. No te fuiste sola. Ahora estás con tus padres y tu hermano Pepe, con quien tendrás la oportunidad de reconciliarte. Pronto vendrán el resto de tus hermanas y hermano. Por lo pronto, han venido a despedirte y te han dado el último adiós. Ha sido bonito. Olga te ha rezado una oración y un padrenuestro y todos hemos estado juntos y en calma, hablando contigo para nuestros adentros, cada uno a su manera.
No servirá de nada pensar en qué pasó para que sucediera todo este cúmulo de accidentes. No servirá de nada porque seguir perdidos en el pasado nos distraerá del trabajo del presente. Todos tuvimos parte de responsabilidad o de irresponsabilidad: yo, David, tu, quizás hasta la tía Ángela y Maricarmen. Pero no sirve de nada buscar culpables o porcentajes de culpabilidad. Somos humanos y erramos.
Ahora me gustaría que me ayudaras con David. No sé muy bien cómo tener una relación cordial o normalizada con él. Me temo que no será posible. Quizá en tu nombre, en nombre de tu recuerdo, sería posible mantener algún tipo de relación aunque fuera fría.
Siempre fuiste muy cabezota. Querías salirte con la tuya, como una niña caprichosa y malcriada. Querías que el mundo se acomodara a tí, que se adaptara a tus planes y necesidades. Y tus planes y necesidades, en buena medida, solo tenían un leit motiv: proporcionar soporte vital a tu hijo David, que no se valdría por sí mismo si tu no estabas ahí. Por eso, por mucho que supieras que podías hacer otras cosas, no podías evitar seguir igual y no cambiaba nada en tu vida. Por eso todo argumento o propuesta caía en saco roto. Por eso no había nada que hacer. Por eso era tan desesperante ir a hacerte las visitas donde los argumentos, las peticiones y las quejas se repetían en bucle y no se desencallaba ningún problema.
Ahora creo que debo aprender algo de tu sabiduría. Algo de tu compasión y de tu sentido del deber. No es que quiera sacrificarme por nada pero sí creo que debo intentar mantener la relación con David.
Ahora tengo tus gafas. Las cogí en el hospital de Guadalajara para guardartelas y que no se extraviaran y las llevo siempre en mi bolsillo, como un recuerdo material, una forma de tenerte cerca y de llevar conmigo tu visión de las cosas. Tu visión de tu gente. A veces parecía una visión fatalista y de sacrificio sin fin. De no tomar decisiones para cambiar las cosas. Pero el fondo era de sacrificio por lo que de verdad te importaba. Eras una persona amable y que solo quería mirar por los suyos. Aguantabas desdenes y desamparos por ello, sin quejarte apenas. Tu paso por el mundo deja un mundo más limpio. Más coherente. Con menos brechas en el alma.
Para mi era un poco incomprensible, es cierto, porque no comparto tu falta de necesidad de independencia y libertad, ni tu soportar las faltas de respeto de David…
Pero sí respeto tu amor de madre y tu acogida, sin reparos ni disculpas.
Me siento en paz contigo y tu recuerdo. Tengo la sensación de habernos estado despidiendo, como se despide al día o a una fruta del árbol, o al árbol mismo, durante un tiempo, durante unos años. Nuestra relación fué buena. Aunque tú pidieras más atención y más dependencia. Aunque tuviéramos en contra el rechazo de Anna y de rebote de mis hijos, a los que no supiste prestar mucha atención, pero eras su abuela y eso debería haber bastado.
Te quiero mucho mamá. Descansa en paz porque lo has hecho bien en esta vida. Te llevo en mi corazón. Y en mi bolsillo!. No me siento desamparado. Y es gracias a ti. Tu nos amparabas y lo sigues haciendo.
No sé si es verdad que los nombres o las palabras hacen las cosas, o por lo menos estabilizan el mundo en nuestro interior y ponen los andamios, las paredes y ventanas en nuestra alma. Pero son las palabras que me salen contigo las que dan claridad y significado a lo que te digo y a lo que siento. No sé si Consuelo, tu nombre, és lo que dejas en el mundo, o si el calificativo de Cielo, que te puso Thierry en la corona que te envió (incluso aunque fuera un error de transcripción de la florista) te define mejor. Solo sé que todos esos significados te pegan y con ellos me quedo. Estarás conmigo siempre.